El 29 de diciembre de 2002 estaba con mis papás en la finca, y una llamada de Copo, mi hermano, me trajo la noticia más dolorosa que he recibido en toda mi vida. La Mama había amanecido muerta en su cama, y yo nunca supe qué quería decirme cuatro días antes, cuando olvidé llamarla.
Ese diciembre había transcurrido como todos los otros. Yo siempre compartía con La Mama y mi tercera familia los 25 de diciembre y los primeros de enero. Ese 25 estuve en su casa, comimos el sancocho tradicional que hacíamos todos los vecinos en la cuadra, y escuchábamos música duro porque cada casa sacaba sus parlantes a la calle. Cuando me despedí de ella ese día, me pidió que la llamara porque quería decirme algo. No la llamé. Lo olvidé.
Lloré uno a uno los días que le precedieron a ese 29 de diciembre durante un año entero. El 29 de diciembre de 2003 estuve todo el día frente a su lápida llorándola, y cuando el vigilante me anunció el cierre del cementerio, le prometí a La Mama que seguiría viviendo, que ya no la lloraría todos los días, pero que sí recordaría durante toda mi existencia lo que ella había hecho por mí.
Quién era La Mama
Elena Salazar es la persona más especial que he tenido antes de mis hijos. Fue la persona más importante de mi vida por muchas razones, y creería que la más importante es que fue alguien que nada tenía que ver conmigo en cuanto a lazos de sangre. Es lógico que amemos a nuestra familia debido al lazo que nos une. Es lógico que amemos a nuestros amigos porque son la familia que nosotros mismos elegimos. Pero a esta persona me la puso Dios en el camino desde el mismo momento en que nací, para darme la lección más linda de todas: que el amor incondicional y puro no necesariamente viene de la sangre.
La Mama, como siempre la llamé, me amó desde el primer momento de mi vida de la manera más especial y desinteresada. Era nuestra vecina en el barrio Miranda, y por alguna razón que desconozco, me adoptó como a una hija. Me abría un rincón en su cama todos los viernes, su casa fue mi casa, y su familia mi familia.
Cuando nací ella tenía 58 años y vivía con una hermana y cinco de sus ocho hijos, en una casita pequeña y humilde, al lado de la nuestra. Me llevaba en las mañanas a su casa, me bañaba, me peinaba, me cuidaba, me alimentaba. Era todo para mí. Crecí amándola con todo mi corazón, con un agradecimiento y un cariño que sobrepasaba todas las leyes del amor fraternal.
Mi amor era tan grande que de pequeña había jurado morir si ella moría. Ya de grande no lo cumplí.
Lo que se pierde no son los recuerdos
Cada año, desde ese 2002, hago el mismo ejercicio. Cierro los ojos e intento acordarme de su voz. Ese es el ritual: la evoco, la lloro, la pienso.
Y cada año me cuesta un poco más. Ahí está lo que nadie te advierte del duelo largo. Los hechos no se van: yo sé perfectamente dónde quedaba su casa, qué días dormía yo allá, cómo se llamaban sus hijas. Lo que se va es lo otro. El timbre exacto de la voz. El olor de la cocina. La manera puntual en que decía una frase. Se va lo que no se puede archivar.
Escribo con cierto afán, tratando de burlar lo fugaz de la memoria, a quien le he pedido desesperadamente guardar la imagen de aquellos que ya no están y a quienes tanto amé. Sin embargo, ella se empecina en ir borrando su olor, sus gestos y los momentos más importantes que viví con ellos a medida que pasan los años.
De La Mama no quedó nada escrito. Ni una carta, ni una libreta, ni una nota al margen. Quedaron fotos y quedó lo que cada uno recuerda, que no es lo mismo y que además no coincide: mis tías de Miranda cuentan una mujer y yo cuento otra, y las dos versiones son ciertas a su manera. Pero de su propia voz, de lo que ella pensaba y de por qué hizo lo que hizo conmigo, no hay una sola línea. Eso lo tuve que intuir después de muchos procesos terapéuticos, y todavía lo intuyo mal.
Ese hueco es el que no quiero dejarles a Matías y a Santiago.
Lo que hice con eso
En 2019 abrí un cuaderno y empecé a escribirles. No fue un proyecto ni un propósito de año nuevo. Fue una tarde en que me di cuenta de que si a mí me pasaba algo, mis hijos iban a tener que reconstruirme igual que yo reconstruí a La Mama: preguntándole a otros, juntando versiones, adivinando.
Llevo seis años en ese cuaderno. Va por la mitad. Hay meses enteros en blanco y hay páginas escritas a las once de la noche con una letra que ni yo entiendo. No importa. Lo que importa es que cuando lo lean van a oírme a mí, no a la versión de mí que alguien más les cuente.
Hay un capítulo de esta historia que la mayoría no conoce. En diciembre de 2024, haciendo ese mismo ritual de recordarla, decidí que quería adoptar una niña y que, si se podía, se llamaría Elena. Empezamos el proceso en 2025 y no llegó a término: me separé y el proceso se suspendió. Cuento esto porque de ahí también salió ATI, y porque el manuscrito que escribo desde entonces sigue dedicado a ella. Elena no llegó. El cuaderno sí se quedó.
ATI significa mamá, mujer, madre tierra en arhuaco. La marca nació de esa práctica, no al revés. Yo llevaba seis años escribiéndole a mis hijos y lo único que hice fue convertirlo en un objeto que otra mamá pudiera usar.
Qué puedes escribir hoy
Si algo de esto te movió, no cierres la página con la intención de hacerlo algún día. Esa intención es exactamente la llamada que yo no devolví. Toma cualquier papel que tengas a mano y responde una sola de estas tres:
- ¿Quién te crió además de tu mamá, y qué hacía esa persona que nadie más hacía?
- ¿Qué frase decía alguien de tu familia que ya no está, y cómo la decía?
- Si tu hijo tuviera que reconstruirte con lo que hay escrito hoy, ¿qué le faltaría saber?
Cuatro renglones sirven. La respuesta no tiene que quedar bonita, tiene que quedar. Eso es todo lo que le pido a esto.
Te mando 30 preguntas más, gratis. Son las que uso yo, ordenadas de la más fácil a la más honda, para responder en cualquier libreta que tengas en casa. No hay que comprar nada.
Ana María Restrepo Vélez
Fundadora de ATI, Trazos & Ecos. Mamá de Matías y Santiago. Le escribe cartas a sus hijos en el mismo cuaderno desde 2019 y está escribiendo una memoria familiar titulada A Elena, la que fue y la que no vendrá. Vive en Medellín.