Durante toda esta semana he tenido un recuerdo metido en el corazón. Sigo obsesionada con recordar cuál fue mi único pensamiento en medio del terremoto, cuando no estaba con mis hijos. Mientras bajaba las escaleras del edificio donde trabajo, no pensé en nada más que en ellos. No pensé primero en encontrar un lugar seguro para mí, ni siquiera en saber si los que amo estaban bien. Pensaba en mis hijos. Solo en ellos. Y eso fue algo muy revelador para mí. Pensé que, en momentos como ese, era cuando más debía estar con ellos, protegiéndolos y acompañándolos. Pensé en todo lo que todavía me faltaba vivir con ellos, en todas las historias que todavía no hemos construido juntos y que, de repente, podrían no suceder.
Después, cuando supe que todos los míos estaban bien, vino un torrencial de emociones y reflexiones. Porque, como dice esa frase que se volvió viral esta semana en las redes sociales:
Los míos están bien, pero los míos no están bien.
Primero llegó el agradecimiento
Y fue así como primero llegó el agradecimiento. Sentí que la vida me estaba mostrando, de una manera bastante brutal, lo fugaz que puede ser, y que se me estaba dando una oportunidad más para decidir qué hacer con este regalo que se llama vida. Una oportunidad que se esfumó para muchos de mis compatriotas. Y me inundó la gratitud. Por mis hijos, por mi familia, por mis amigos. Por esas diminutas dichas de las que habla Alejandro Gaviria en Hoy es siempre todavía: un café en la mañana, conocer una nueva canción, el concierto de mis artistas favoritos, los viajes a lugares desconocidos. Esas cosas pequeñas que, cuando todo está bien, parecen tan normales que ni siquiera alcanzamos a reconocerlas como parte de nuestra fortuna. Hasta que algo nos recuerda que también podrían desaparecer.
Las historias que llegaron después
Después llegaron las noticias de quienes sí se vieron afectados por la catástrofe. El epicentro, justo en el Chocó, un departamento que ha cargado durante décadas con pobreza, aislamiento geográfico, desigualdad y abandono del Estado. No pude evitar pensar: “Al caído, caéle”. Como si el Chocó ya no tuviera suficiente. Pero luego llegaron las noticias de otras ciudades que se vieron aún más afectadas. Y con ellas, esas historias que empiezan a doler, a generar compasión y también ganas de unirnos como nación para solidarizarnos con quienes no tuvieron nuestra misma suerte. Entre más pasaban las horas, más historias se conocían. Historias que, aunque diferentes entre sí, terminaban siendo espejo de una misma reflexión: lo que el terremoto nos recordó sobre la vida, los hijos, la pérdida, la solidaridad y el tiempo.
Una de ellas fue la de unas trillizas y sus padres, que quedaron bajo los escombros. Solo una de las hermanas sobrevivió. Sus padres y sus dos hermanas murieron. Dicen los medios que, cuando despertó, lo primero que dijo fue: “Yo no sé vivir sin mis hermanas”. Esa frase me traspasó el corazón. Me he preguntado muchas veces estos días si, de haber sido yo y a esa edad, sabría seguir viviendo sin mis papás y mis hermanos. Quizás no. Y no es por subestimar mi valentía. Es que de verdad pienso que no todos estamos hechos de lo mismo. Del mismo tesón, del mismo optimismo, de la misma berraquera. Hay pérdidas por las que simplemente no sabemos quién seríamos después.
Otra historia que me conmovió fue la del rescate con vida de un bebé de seis meses y su mamá, muchas horas después del terremoto. Cuando escuché la noticia fue inevitable para mí pensar que, debajo de los mismos escombros, cabían la muerte y la esperanza juntas. Me imagino el amor y la valentía con que esa mamá protegió a su bebé, y me invade la certeza de que las mamás somos capaces de casi cualquier cosa con tal de proteger a nuestros hijos.
Los que decidieron que ese dolor también era suyo
Pero no solo las historias de quienes fueron víctimas me han conmovido. También lo ha hecho ver el poder de la persistencia y de la solidaridad. A pesar de que pasaban las horas y la esperanza de encontrar personas aún con vida disminuía, decenas de personas no se rindieron y decidieron seguir buscando. Mientras tanto, otros se fueron a ayudar sin tener ninguna relación con las víctimas: ingenieros revisando viviendas, psicólogos atendiendo gratuitamente, personas preparando comida y ciudadanos organizando ayudas. Personas que no conocían a quienes estaban debajo de los escombros, pero que decidieron que su dolor también era un poco suyo.
Y fue así como una frase de uno de los voluntarios terminó calando hondo en mí: “Nos quedó agradecimiento con la vida”. Porque hasta los que no perdimos a nadie también salimos de esta semana distintos. Yo, al menos, no pude dejar de pensar en lo afortunada que soy. No solo porque mi familia está bien, sino porque todavía tengo tiempo. Tiempo para seguir viendo crecer a mis hijos. Tiempo para tomarme un café en la mañana, conocer una canción nueva, ir a todos los conciertos posibles, hacer un viaje a un lugar desconocido. Tiempo para esas pequeñas cosas que tantas veces damos por sentadas porque creemos que siempre estarán ahí.
La pregunta que todavía me da vueltas
Y entonces apareció una pregunta que todavía me da vueltas en la cabeza:
¿Qué hacemos con el tiempo cuando recordamos que no tenemos todo el que creemos tener?
Yo, por mi parte, no quise cancelar un paseo que tenía con mi hermano, justamente al Chocó. Al principio no me sentía con el derecho de disfrutar mientras había otros tantos sufriendo y llorando. Me parecía casi una falta de respeto estar pensando en un viaje cuando tantas familias estaban intentando entender cómo seguir después de haberlo perdido todo. Pero después pensé que quizás VIVIR, con mayúscula, es precisamente la mejor forma de honrar ese tiempo escaso. No vivir ajenos al dolor de los demás, ni hacer como si nada hubiera pasado, sino justamente vivir con una conciencia distinta de lo que tenemos. Aprovechar las oportunidades mientras las tenemos. Ir cuándo podemos ir. Abrazar cuando podemos abrazar. Decir lo que tenemos pendiente de decir. Construir historias mientras todavía podemos hacerlo.
Y eso me hizo entender también por qué, en lo único que pensé mientras evacuaba, fue en mis hijos. Porque con el resto de mis seres queridos, de alguna u otra manera, ya he compartido bastante, en cambio con ellos todavía me falta tanto. Me faltan conversaciones, viajes, cumpleaños, peleas bobas, abrazos, canciones, errores, consejos que todavía no sé que voy a darles. Me faltan tantas historias que todavía no hemos vivido. Y quizá eso fue lo que realmente me asustó aquella mañana. No solamente la posibilidad de perderlos, sino la posibilidad de que se acabara el tiempo antes de haber vivido todo lo que todavía quiero vivir con ellos.
Por eso escribo
Hace seis años empecé a escribirles. No sabía exactamente para qué. Solo sabía que había cosas que no quería confiarle únicamente a la memoria. Hoy entiendo un poco mejor por qué lo hago. Porque vivir es construir historias. Y escribirlas es una manera de decirles a quienes amamos: esta historia ocurrió. Yo estuve aquí. Tú estuviste aquí. Nos tuvimos. Nos quisimos.
Quizás por eso escribo. Porque no sabemos cuánto tiempo tenemos. Pero mientras lo tengamos, podemos decidir qué hacer con él. Podemos vivirlo. Y podemos dejar algunas de nuestras historias escritas para que, cuando nosotros ya no estemos, ellas todavía puedan contarles a nuestros hijos cuánto los quisimos.
Te mando 30 preguntas, gratis. Son las que uso yo, ordenadas de la más fácil a la más honda, para responder en cualquier libreta que tengas en casa. No hay que comprar nada. Empieza por una sola, hoy.
Ana María Restrepo Vélez
Fundadora de ATI, Trazos & Ecos. Mamá de Matías y Santiago. Le escribe cartas a sus hijos en el mismo cuaderno desde 2019 y está escribiendo una memoria familiar titulada A Elena, la que fue y la que no vendrá. Vive en Medellín.